Creo Maya

Creo Maya
Nada mejor para representar la falta de una imagen apropiada

viernes, 28 de diciembre de 2012

Sin Título 2



Vivir juntos no fue la mejor idea. A sus 56 años carecía de la fortaleza de su juventud, de aquella que la mantuvo viva después de la muerte de su esposo, a los 23 años. Sus manos crepés y suaves que antes brindaron esperanzas en el hospital ahora son perfectas sólo para acariciar a sus nietos, nietos que nunca tendrá.

Muchos piensan que la soledad la obligó a elegir a ese pomposo varón, gran biólogo y coleccionista de arte con una pequeña gran fijación por el whisky, para intentar revivir la experiencia de la felicidad común. Y otros tantos concuerdan que cuando se dio cuenta de lo inútil que fue ese matrimonio –sin hablar del inútil marido-  no tuvo una salida diferente.

Desde aquel aborto, 3 meses después de fallecido él, se prometió no volver a enamorar a otro hombre ni dejarse seducir por alguna clase de encanto. Quienes la conocieron, olvidaron gradualmente que alguna vez existió una delgada y apiñonada mujer con alma cálida y labios azules durante invierno; a decir verdad, olvidaron cada parte de su ser, pensar que se volvió fantasma es dejar incompleta su descripción. Se mudó entonces a un pequeño pueblo de algún lugar del sureste, vivió alejada, en silencio, cosechando una huerta y viviendo de lo que alguna vez perteneció a ella y a su joven marido.

Ocurrió entonces, una noche, que una yunta de bueyes salió del corral motivada por las travesuras de unos jóvenes, arrasaron con la fuente del pueblo y dañaron algunas casas. Instintivamente Isabela salió de su morada de caña y piedra y vio como un niño de ojos color miel fue embestido. Desesperada corrió hacia él, lo levantó e inútilmente le suplicó despertar. Quienes la vieron notaron en ella una tristeza profunda, y se asustaron. Al día siguiente huyó del pueblo, viajó a la sierra y vivió no sé cómo ni con qué durante dos meses hasta que regresó a la ciudad, a la casa que fue de ella y de su marido, de ojos color miel.

Movida más por querer romper la rutina que por la curiosidad, pues cabe aclarar que no tenía interés en retomar su profesión, ingresó como enfermera en una clínica, donde destacó por su disciplina y gran concentración y por el buen trato a los miles de pacientes que atendió durante 25 años; pero también por la frialdad y la apatía a cualquiera que cruzara una palabra o un gesto con su rostro de piedra y plata.

Una semana antes de la jubilación, conoció a John, un inglés apuesto, maduro y de mirada imponente que llegó a la clínica por un accidente con el retrete. Como era costumbre, Isabela lo trató con gran amabilidad, él intentó en vano agradecer su generosidad ofreciendo una cena, luego un café y terminó mendigando una charla que terminó en un “regrese a cita dentro de dos semanas para evaluar su desgarre señor Tyler”.

Al día siguiente, un ramo de rosas rojas y blancas la esperaba en su silla de costumbre; “gracias, espero tenga una linda semana. John”, recitaba la tarjeta. Al día siguiente, una caja de chocolates franceses apareció en el mismo lugar, “espero no sea diabética, coma los blancos primero y después los oscuros, los disfrutará más. John”. El tercer día, una hermosa miniatura en acuarela de una pareja de pinzones recitaba la leyenda “soy biólogo, por si lo preguntabas, mi pasión es la naturaleza y en ti observo una muy especial y hermosa”. El sexto día, pues los dos anteriores fueron su descanso, una tarjeta negra reposaba sobre una peineta de plata y esta sobre una botella de whiskey donde en su base “por si acostumbras tomar un trago antes de dormir”, recitaba en tinta azúl; la tarjeta tenía dentro un boleto en color oro y otra tarjeta, “tienes muy buenas amigas, paso mañana a las 8 a tu casa. Cuando termine tu turno, ve a la tienda que está en la esquina y pide lo que encargué para ti. John.”

Movida más por querer romper la rutina que por la curiosidad, pues cabe aclarar que no tenía interés en este hombre aunque los chocolates con whiskey le causaron gran placer, usó el vestido rojinegro y la peineta de plata y estuvo lista a las ocho menos quince. El lugar tenía aires coloniales, el whisky y el coñac dominaban el ambiente y la prepotencia se sentía en el aire. “Tienes algo que me atrapó desde que te vi, algo que me pide pasar contigo el resto de mi vida. Ven, debes ver la noche desde el balcón, la luna pide tu sonrisa, las estrellas quieren ser testigos de mi deseo de hacer feliz a tu alma”, ella dio una risa tímida que él interpretó como aceptación cuando realmente fue sarcasmo lo que emitió su mente por la ausencia de alma, y de corazón. Movida más por querer romper la rutina que por la curiosidad, pues cabe aclarar que no tenía interés en este hombre aunque los chocolates con whiskey le causaban gran placer, se casó con él una semana después.

Para todos, excepto para ella, fue una boda de ensueño. Ella 56, él 59. Ella con cuerpo fuerte, él con hipertensión. Ella piedra cuarteada, él mortal con ideas de inmortalidad. Ambos sin un hijo. Ambos sin un nieto. Ambos vivían en soledad.

No era el hombre que aparentaba con las rosas y los chocolates, pero a ella no le importó, no esperaba nada, no le sorprendieron las visitas hasta tarde de sus “colegas científicos” ni las borracheras. Pero no soportó que la golpeara. Era medio día, decidió tomar el sol en el jardín de la casa de su nuevo marido, pensaba qué hacer ya jubilada y ya habiendo redecorado la pequeña mansión. “¿No te parece que eres muy fría?, así no eras antes”, dijo él con rastros de resaca. “Siempre he sido así”, le respondió y un segundo después sintió una cachetada que le hizo perder el sol. Lo miró, retándolo. “¿Te gustó? ¿Quieres otra?”, y levantó la mano contra ella, un error. Vio en él el puñal que arrebató la vida tres décadas antes al amor de su vida y se lanzó contra él, lo tiró en el suelo, tomó una pala que usaba en la huerta de la casa, pequeña costumbre que se transformó en manía, y lo golpeó tres veces en la cabeza. Dos días después fue procesada por homicidio, no intentó mostrar el acto como defensa propia o siquiera protestar, ya lo había hecho toda su vida, estaba cansada de defenderse a la vida a diario. Movida más por querer romper la rutina que por la curiosidad, pues cabe aclarar que no tenía interés en estar dentro o fuera de la celda, simplemente se suicidó.

viernes, 17 de febrero de 2012

Sin título 1


Cabello relativamente largo para el uso masculino, más fleco largo, lacio y acomodado para cubrir el ojo izquierdo; vestimenta negra, pantalón entubado, tenis converse gastados; marcas de cicatriz en los brazos, perforaciones en oreja, ceja y labio; mueca de disgusto, ceño fruncido, maños en los bolsillos. Así es un emo, bueno, peor aún, así es un emo en día de San Valentín.
   Reprimidos, tristes, con gustos considerados raros y una forma de amar muy peculiar, sin mencionar su aversión a lo cursi, a lo rosa, a lo suave, a lo dulce, al “te amo” y a los abrazos de esos que trasmiten cariño, el 14 de febrero puede ser un día realmente aterrados para estos sujetos, más aún de lo que para nosotros fue alguna vez el coco.
   Incomprendidos, serios, aislados; no es buena combinación ante una festividad de abrazos y regalos, de besos y palabras bonitas. Sin embargo no todo puede ser malo para un emo, pues entre ese atole de amor en el ambiente puede ser fácilmente notorio un hueco de repulsión. Dos huecos pueden encontrarse, de dos huecos detectados puede surgir un amor. No es un amor color de rosa el que una pareja emo puede formar, pero sí un amor que puedan sentir, comprender y compartir. Todo observando los lugares donde el tonto y cursi amor no pudo llegar.

   Y así el amor de “cosita”, “mi vida”, “mi cielo” y “mi luz” es remplazado por uno de “sí”, “si quieres”, “qué triste” y “gravemos nuestros nombres con navajas”. Un amor diferente, pero un amor, donde el mundo no puede dominar, donde ellos hacen su mundo, donde si es necesario firmarán un pacto –no matrimonial- para unir sus vidas más allá de la muerte firmando con una daga, el uno al otro, su par de muñecas.

lunes, 13 de febrero de 2012

Sentimientos de un ciruelo


Soy el único árbol que puede pensar, o eso creo. Pero no puedo moverme, no puedo hablar, nunca pude decir que te amo…

   Era un brote que comenzaba a salir de la tierra, luché con la grava del suelo para alcanzar el sol, y te vi. Tu cabello chocolate tomó un brillo especial bajo el sol, ¿cuántos años tenías?, ¿tres, cuatro?

   Mi tierno tronco comenzó a alargarse y luché con toda mi fuerza en alcanzar tu ventana, mientras cada mañana te contemplaba al jugar en el jardín con tu triciclo rosado que adornabas con flores y ese botecito de plástico que para ti era bolso, carrito de super, colector de estrellas y peldaño donde lucías la belleza de tu voz. Me fui enamorando más de ti, me perdí en tus ojos verdes cuales, debo admitir, eran más hermosos que mis hojitas más lisas y tiernas.

   Ambos crecíamos y llegó el día en que me notaste como algo más que un árbol que por accidente creció junto a la cerca. Tenías ya 10 años. Eras hermosa. Recuerdo como mis pequeñas ciruelas me ponían triste al morir, no era tiempo que maduraran. Más ese día lo hicieron, mi primera ciruela fue para ti; aún recuerdo esos ojos, esa mueca de felicidad descontrolada. Tomaste mi pequeño fruto, saltaste, corriste directo a la cocina y lo saboreaste sentada bajo los rayos del sol en tu pequeño botecito. Mi primer fruto, sólo para ti.
   Y así pasaron los meses, algunos años, mis ramas se asomaban ya a tu ventana y custodiaban tu sueño, mi ser producía tanto fruto y mi tronco se erizaba de amor cuando lo colocabas en tu canastita imaginaria que formaba ese botecito. Te convertiste en poco tiempo en una señorita, amaba tu rostro tierno, tan hermoso que jamás necesitaste maquillaje. Me cuidabas tan bien, me podabas con una suavidad que bloqueaba el dolor de las tijeras, me cuidaste incluso de los pulgones que intentaron devorarme. Eras única.
   Conocí a tus amigas y también les di sombra y fruto, sentí las lágrimas que derramaste en mi tronco gracias a los patanes que te hicieron daño. Siempre estuve ahí para ti. Nunca te dejé sola.
   No te mentiré. El día de tu boda me sentí morir, no era plaga lo que provocó la caída de mis hojas ni la rotura de mis ramas ni fue la causante que dejara de dar frutos, sólo fue la tristeza, la depresión. Pero entendí que él te hacía feliz, yo jamás podría hacerlo, sólo soy un árbol, un ciruelo, somos de naturaleza distinta y poseemos destinos paralelos.
   Lo que agradezco es que no me abandonaras, aún con tus dos hermosos pequeños siempre tuviste tiempo para mí; incluso fui más feliz. Atesoré tanto en mi médula-corazón esas sesiones de lectura, mis raíces se alegraban al oír sus angelicales risas, mis flores fructificaban más rápido al verlos correr, al sentirlos trepar sobre mí. Me hiciste sentir lleno. Los amé como ningún ser puede amar a otro.

   Entonces llegó el día. Beber para superar un desamor nunca es buena alternativa, tampoco lo es tomar una camioneta en ese estado y menos a la luz del día. El pequeño Carlos juntaba piedritas con el botecito que de niña tanto amaste. La camioneta se dirigió hacia él, rápido, peligroso. Por suerte yo estaba ahí, la camioneta colapso con mi fuerte pero viejo tronco, caí. Mis frutos rodaron por la acera, Carlitos soltó un grito de horror, saliste, quedaste atónita al ver mi tronco y ramas derrumbados en el jardín, no recuerdo haberte visto más triste; “amigo…” dijiste entre sollozos, tomaste una escoba y golpeaste inútilmente la camioneta conducida por un ebrio deprimido y ahora inconsciente. Recuerdo esa imagen última, ahora tú abrazando al pequeño Carlos, te veías tan hermosa, heredó tu cabello y la pequeña Rebeca se apropió de tus ojos, me diste las gracias por proteger al pequeño. Morí.

   Ahora sólo te pido que cuides al retoño que dejé, a esa semilla que Carlos plantó de una ciruela restante en la acera al hacerme leña para darme un descanso. Cuídalo, usa su sombra como si fuera la mía, come sus frutos con el mismo entusiasmo como el que un día comiste los míos. Nunca olvides que este árbol, el único en el mundo que pudo pensar, te amó incondicionalmente.